El sachem mandó enterrar los muertos. Entonces comenzó la ceremonia de los funerales, ceremonia que las circunstancias exigían se apresurase algún tanto.
Los cadáveres fueron lavados cuidadosamente y envueltos en mantos nuevos de piel de bisonte; en seguida se los colocó sentados en unas zanjas abiertas para cada uno de ellos, con sus armas, los frenos de sus caballos y víveres, a fin de que de nada careciesen durante su viaje hasta las praderas bienaventuradas, y que cuando llegasen junto al Wacondah, pudiesen inmediatamente montar a caballo y cazar.
Cuando se hubieron verificado estas diferentes ceremonias, se llenaron las zanjas y encima se colocaron piedras voluminosas para que las fieras no pudiesen desenterrar los cadáveres y devorarlos.
El sol se hallaba próximo a desaparecer en el horizonte cuando los Apaches concluyeron por fin de tributar los últimos honores a sus hermanos. El Zorro-Azul se acercó entonces al cazador, que hasta aquel momento había permanecido como espectador, si no indiferente, al menos impasible, de la ceremonia, y le dijo:
—¿Va a volver mi hermano junto a los guerreros de su nación?
—Sí, respondió lacónicamente el americano.
—El rostro pálido ha perdido su caballo: que monte en el mustang que le ofrece el Zorro-Azul, y antes de dos horas se hallará de regreso entre los suyos.
John Davis aceptó con gratitud el regalo que tan generosamente le ofrecían, montó en seguida a caballo, y después de despedirse de los indios, se separó de ellos y se alejó con rapidez.
Los Apaches, por su parte, a una señal del jefe se internaron en el bosque, y la explanada en que habían acontecido tan terribles sucesos volvió a quedar sumida en la soledad y en el silencio.