[XXV.]

UNA EXPLICACIÓN.


El Jaguar, como todos los hombres cuya existencia trascurre en su mayor parte en el desierto, se hallaba dotado de una prudencia excesiva unida a una circunspección extremada.

Aunque era muy joven todavía, su vida se había hallado mezclada con tan singulares peripecias, había sido actor en escenas tan extraordinarias que desde muy temprano se había acostumbrado a encerrar sus emociones en su corazón y a conservar en su semblante, viera o experimentara lo que quisiera, esa impasibilidad marmórea que caracteriza a los indios, y que estos han convertido en una arma temible contra sus enemigos.

Al oír resonar de improviso en su oído la voz de Tranquilo, el joven sintió que un estremecimiento interior agitaba todo su cuerpo, frunció el entrecejo, y se preguntó a sí mismo mentalmente cómo sería que el cazador le iba a perseguir así hasta en su campamento, y qué razón bastante poderosa le impulsaría a obrar en tal manera, tanto más cuanto que sus relaciones con el canadiense, sujetas a frecuentes intermitencias, se hallaban en aquel momento en términos, si no del todo hostiles, al menos muy lejos de ser amistosos.

Sin embargo, el Jaguar, en cuyo corazón el sentimiento del honor hablaba siempre muy alto, y a quien el paso dado para con él por un hombre del valor de Tranquilo halagaba mucho más de lo que aparentaba, ocultó la preocupación que le agitaba, y se adelantó presuroso y con la sonrisa en los labios al encuentro del cazador.

Éste no iba solo: le acompañaba Corazón Leal.

El aspecto del canadiense, sin ser altanero, era reservado; sus modales eran fríos y su semblante estaba velado por una nube de tristeza.

—Sea V. muy bienvenido en mi campamento, cazador, le dijo amistosamente el Jaguar tendiéndole la mano.