—Gracias, respondió lacónicamente el canadiense sin tocar la mano que le presentaban.
—Me alegro mucho de ver a V., repuso el joven sin formalizarse. ¿Qué casualidad le ha traído hacia esta parte?
—Mi compañero y yo estamos de caza hace mucho tiempo; nos abruma el cansancio; el humo del campamento de V. nos ha atraído aquí.
El Jaguar fingió creer que aceptaba aquella derrota torpemente imaginada por un hombre que se lisonjeaba con razón de ser uno de los cazadores más robustos del desierto.
—Venga V., pues, a ocupar un puesto junto al fuego de mi tienda, y sírvase considerar como suyo cuanto hay aquí, obrando en consecuencia.
El canadiense se inclinó sin responder, y con Corazón Leal siguió al Jaguar, que les precedía y guiaba por las revueltas del campamento.
Cuando hubieron llegado junto a la hoguera, el joven echó en ella algunos brazados de leña seca, los cazadores se sentaron sobre unos cráneos de bisonte colocados allí a manera de escaños, y luego, sin romper el silencio, llenaron sus pipas y se pusieron a fumar.
El Jaguar les imitó.
Los blancos que recorren las praderas y cuya vida trascurre cazando por aquellas vastas soledades, han contraído, casi sin apercibirse de ello, la mayor parte de los hábitos y costumbres de los pieles rojas, con quienes de continuo les ponen en contacto las exigencias de su posición.
Hay una cosa digna denotarse, y es la tendencia que tienen los hombres civilizados a volver a la vida salvaje, la facilidad con que los cazadores, nacidos en su mayor parte en grandes centros de población, olvidan sus cómodos hábitos, abandonan las costumbres de las ciudades y renuncian a los usos con arreglo a los cuales se han manejado durante la primera parte de su vida, para adoptar los usos y aún las costumbres de los pieles rojas.