Muchos de los cazadores llevan tan lejos esta especie de manía que la mayor lisonja que se les puede hacer es fingir que se les toma por guerreros indios.
Debemos confesar que, en contraposición de esto, los pieles rojas no desean en manera alguna nuestra civilización, de la cual se cuidan muy poco, y que aquellos a quienes, la casualidad o algún motivo comercial conducen a las ciudades populosas como Nueva York o Nueva Orleans, lejos de mostrarse maravillados por lo que ven, dirigen en torno suyo miradas de compasión, sin comprender que haya hombres que consientan gustosos en encerrarse en una especie de jaulas ahumadas que denominan casas, y en gastar su vida en trabajos ingratos, en vez de irse a vivir al aire libre en soledades extensas, cazando los bisontes, los osos y los jaguares bajo la mirada de Dios.
¿Se equivocan por completo los salvajes al pensar así?
¿Es falso su raciocinio?
No lo creemos.
La vida del desierto, para el hombre cuyo corazón está todavía bastante abierto para comprender sus conmovedoras peripecias, tiene encantos embriagadores que solo allí se sienten, y que la existencia matemáticamente sujeta de las ciudades no puede hacer olvidar en manera alguna si se llega a disfrutarlos una sola vez.
Con arreglo a los principios de la etiqueta india, muy estricta en materias de urbanidad, ninguna pregunta debe dirigirse a los forasteros que se sientan en el hogar del campamento mientras no entablan ellos mismos la conversación.
Bajo la choza del indio, un huésped es considerado como si le enviase el Gran Espíritu; es sagrado para aquél a quien visita durante todo el tiempo que guste permanecer junto a él, aún cuando fuese su enemigo mortal.
El Jaguar, muy enterado de las costumbres de los pieles rojas, permaneció sentado silenciosamente junto a sus huéspedes, fumando, reflexionando y aguardando con paciencia a que tuviesen a bien hacer uso de la palabra.
Por fin, después de un espacio de tiempo bastante largo, Tranquilo sacudió sobre la uña del dedo pulgar de su mano derecha la ceniza de su pipa, y volviéndose hacia el joven, le dijo: