Se detuvo y movió dolorosamente la cabeza.
—¡Acabe V.! exclamó el Jaguar con vehemencia.
—¿Para qué? repuso Tranquilo. ¿Quién soy yo para imponer a V. una moral que sin duda despreciaría, y unos consejos que serían mal recibidos? Más vale guardar silencio.
—¡Tranquilo! respondió el joven con una emoción que no alcanzó a dominar, hace mucho tiempo que nos conocemos, y sabe V. la estimación y el respeto que le profeso; ¡hable V.! Sea lo que quiera lo que tenga V. que decir, por rudas que sean las reconvenciones que me dirija, ¡le juro a V. que le escucharé!
—¡Bah! Olvide V. lo que he dicho; he hecho mal en quererme mezclar en sus asuntos. En la pradera cada cual debe pensar tan solo en sí, y por lo tanto no hablemos más de ello.
El Jaguar le dirigió una mirada profunda, y respondió:
—¡Corriente! No hablemos más de ello.
Se levantó y dio algunos paseos con suma agitación; luego, volviendo bruscamente junto al cazador, le dijo:
—Dispénseme V. si no he pensado todavía en ofrecerle algún refresco; pero he aquí la hora del desayuno, y espero que V. y su compañero me harán el favor de compartir mi frugal almuerzo.
Y el Jaguar, mientras hablaba así, fijaba en el canadiense una mirada de singular expresión. Tranquilo vaciló un momento y al fin dijo: