—Esta mañana, al salir el sol, almorzamos mi compañero y yo algunos minutos antes de entrar en el campamento de V.
—¡Estaba seguro de ello! exclamó el joven con vehemencia. ¡Oh! ¡Oh! Ahora se han disipado ya mis dudas, cazador: ¡rehúsa V. aceptar el agua y la sal en mi hogar!
—¡Yo! Se equivoca V...
—¡Oh! repuso el Jaguar interrumpiéndole con violencia, nada de negativas, Tranquilo; no busque V. pretextos indignos de V. y de mí; ¡Cuerpo de Cristo! Es V. un hombre demasiado leal y sincero para no ser franco. Lo mismo que yo conoce V. la ley de las praderas: no se rompe el ayuno con un enemigo. Ahora, si le queda a V. en el fondo del alma un solo y mínimo resto de esos sentimientos de benevolencia que tuvo V. hacia mí en otra época, explíquese claramente sin ambages ni rodeos, ¡lo exijo!
El canadiense pareció que reflexionaba durante algunos instantes, y luego exclamó de improviso con resolución:
—A la verdad, tiene V. razón, Jaguar; más vale explicarnos como francos cazadores, que andar en raterías el uno con el otro como los pieles rojas, y luego ningún hombre es infalible: puedo engañarme lo mismo que cualquier otro, y bien sabe Dios que quisiera sucediese así.
—Le escucho a V., y le juro por mi honor que si las reconvenciones que V. me dirige son fundadas, lo confesaré.
—Bueno, dijo el cazador con tono más amistoso del que hasta entonces había empleado, habla V. como un hombre; pero acaso preferiría V. que nuestra conversación fuese reservada, añadió señalando a Corazón Leal, quien por discreción hacía el ademán de retirarse.
—Al contrario, respondió el Jaguar con viveza, ese cazador es amigo de V., espero que muy pronto lo será mío, y nada quiero tener oculto para él.
—Por mi parte, dijo Corazón Leal inclinándose, deseo ardientemente que la ligera nube que se ha interpuesto entre V. y Tranquilo se disipe cual el leve vapor que impulsa a lo lejos la brisa de la mañana, a fin de que así nos conozcamos mejor, y puesto que V. lo quiere, asistiré a la conferencia.