—Gracias, caballero. Ahora hable V., Tranquilo; estoy dispuesto a escuchar los cargos que, según dice, tiene que formular contra mí.
—Desgraciadamente, dijo Tranquilo, la vida singular que V. lleva desde su llegada a estas regiones se presta en sumo grado a las suposiciones más desfavorables; ha alistado V. bajo sus órdenes a una turba de gentes de mal vivir, merodeadores de fronteras, desterrados de la sociedad y que viven completamente fuera de la ley común de los pueblos civilizados.
—¿Pues qué, nosotros, hombres de los desiertos, habitantes de los bosques y cazadores de las fronteras, estamos obligados a sujetarnos a todas las mezquinas exigencias de las ciudades?
—Sí, hasta cierto punto; es decir, no nos es lícito ponernos en estado de abierta rebelión contra las instituciones de hombres que, a pesar de habernos separado de ellos, no por eso han dejado de ser hermanos nuestros, y a quienes continuamos perteneciendo por nuestro color, nuestra religión, nuestro nacimiento y los vínculos de familia que nos unen con ellos y que no hemos podido romper.
—Corriente, admito en cierta manera la exactitud del raciocinio de V.; pero suponiendo que los hombres que tengo bajo mi mando sean realmente bandidos, merodeadores de fronteras, como V. los llama, ¿sabe V. cuál es el móvil que les impulsa a obrar? ¿Puede V. formular contra ellos alguna acusación?
—Paciencia, que aún no he concluido.
—Pues entonces continúe V.
—Luego, además de esa partida de bandidos de la cual es V. el jefe ostensible, ha formado usted alianza con los pieles rojas, con los Apaches entre otros, que son los ladrones más descarados de la pradera; ¿es verdad, sí o no?
—Sí y no, amigo mío, pues la alianza que V. me echa en cara nunca ha existido hasta ahora; pero en esta misma mañana ha debido ser estipulada entre dos amigos míos y el Zorro-Azul, que es uno de los jefes apaches más afamados.
—¡Ah! He ahí una coincidencia desgraciada.