—¿Por qué?

—¿Sabe V. lo que han hecho en la pasada noche sus nuevos aliados?

—¿Cómo he de saberlo, si ignoro donde están, y ni siquiera he recibido todavía la noticia oficial del tratado ajustado con ellos?

—Pues bien, voy a decírselo a V.: han atacado la venta del Potrero y han robado cuanto en ella había.

Las oscuras pupilas del Jaguar lanzaron un relámpago de furor; se levantó de un salto, y cogiendo con mano convulsa su rifle, exclamó con voz estridente:

—¡Vive Dios! ¿De veras han hecho eso?

—Lo han hecho, y aún se supone que ha sido por instigación de V.

—El Jaguar se encogió de hombros con desdén, y dijo:

—¿Con qué objeto? Pero, y doña Carmela, ¿qué ha sido de ella?

—¡Se ha salvado, a Dios gracias!