El joven lanzó un suspiro de desahogo.
—¿Y ha creído V. tal infamia por parte mía? dijo en seguida en tono de reconvención.
—Ya no lo creo, respondió el cazador.
—¡Gracias! ¡Gracias! Pero, ¡vive Dios! juro a usted que esos demonios han de pagar muy caro el crimen que han cometido. Ahora continúe V.
—Desgraciadamente, si ha conseguido V. sincerarse de mi primer cargo, dudo que le sea posible hacer otro tanto respecto del segundo.
—No importa, dígalo V.
—Está en camino para Méjico una conducta de plata mandada por el capitán Melendez.
El joven se estremeció levemente y dijo con breve acento.
—Lo sé.
El cazador fijó en él una mirada interrogadora, y repuso con cierta vacilación: