—Se dice...
—Se dice, replicó el Jaguar interrumpiéndole con energía, que yo sigo el rastro de esa conducta de plata, y que cuando llegue el momento propicio, la atacaré al frente de mis bandidos, y me apoderaré del dinero, ¿no es cierto?
—Sí.
—Tienen razón, respondió fríamente el joven; esa es, en efecto, mi intención. ¿Qué más?
Al oír tan cínica respuesta, Tranquilo se estremeció de sorpresa y de indignación.
—¡Oh! exclamó con dolor, ¿con que es cierto lo que de V. se cuenta? ¿Es V. realmente un bandido?
El joven se sonrió con amargura, y dijo con voz sorda:
—¡Puede ser! Tranquilo, tiene V. doble edad que yo; su experiencia es grande: ¿por qué juzgar temerariamente fiado en apariencias?
—¡Cómo fiado en apariencias! ¿No lo ha confesado V. mismo?
—Sí, lo he confesado.