—¿Con que medita V. un robo?

—¡Un robo! exclamó el Jaguar ruborizándose lleno de indignación.

Pero serenándose en seguida, añadió:

—¡Es verdad! ¡Debe V. suponerlo así!

—¿Qué otro nombre puede darse a una acción tan infame? exclamó el cazador con violencia.

El Jaguar levantó la cabeza con viveza, como si hubiese tenido intención de responder; pero sus labios permanecieron mudos.

Tranquilo le miró un instante con cierta mezcla de compasión y de cariño; y luego, volviéndose hacia Corazón Leal, dijo:

—Venga V., amigo mío, que ya hemos permanecido demasiado tiempo aquí.

—¡Deténgase V.! exclamó el joven; no me condene V. así; ¡repito que V. ignora los motivos que me impulsan a obrar!

—Esos motivos, sean los que quieran, no pueden ser honrosos; no veo en ellos más que el asesinato y el robo.