—¡Oh! dijo el joven ocultando con dolor su rostro entre ambas manos.
—Vámonos, repuso Tranquilo.
Corazón Leal había examinado atenta y fríamente aquella escena singular.
—Aguarde V. un momento, dijo, y adelantándose algunos pasos, puso una mano sobre el hombro del Jaguar.
Éste levantó la cabeza, y le preguntó:
—¿Qué me quiere V.?
—Escuche V., caballero, respondió Corazón Leal con voz profunda; no sé por qué, pero un presentimiento secreto me dice que la conducta de V. no es infame, aunque todo induce a suponerlo, y que llegará un día en que le sea a V. lícito explicarla y disculparse a los ojos de todos.
—¡Oh! ¡Si me fuese posible hablar!
—¿Durante cuánto tiempo cree V. que se verá obligado todavía a guardar silencio?
—¿Qué sé yo? Eso depende de circunstancias independientes de mi voluntad.