—¡Arriba! ¡Arriba! ¡Cuerpo de Cristo! exclamó; recuerde V. que no estamos todavía en el Río Seco, y que si queremos atravesar ese paso peligroso antes de la puesta del sol, tenemos que apresurarnos.
—Es verdad, respondió el arriero, quien en un momento estuvo de pie, ágil y despabilado como si hubiese despertado una hora antes. Perdóneme, capitán, ¡vive Dios! Tengo tanto interés como V. en no tropezar con un mal encuentro. Con arreglo a la ley, mi fortuna responde del cargamento que llevo, y si ocurriese una desgracia, me vería reducido a la miseria con mi familia.
—Es muy cierto, no recordaba yo esa cláusula de su contrato.
—No es extraño, porque a V. no le interesa; en cuanto a mí, no me sale de la cabeza, y le juro a V., Capitán, que desde que he emprendido este malhadado viaje, me he arrepentido ya muchas veces de haber aceptado las condiciones que me fueron impuestas: no sé por qué se me figura que no hemos de llegar sanos y salvos al otro lado de esas malditas montañas.
—¡Bah! Esos son locuras, Señor Bautista. Se halla V. en excelentes condiciones, bien escoltado; ¿qué puede V. temer?
—Nada, ya lo sé, y sin embargo estoy convencido de que no me equivoco y de que este viaje ha de serme fatal.
Los mismos presentimientos agitaban al oficial; sin embargo, delante del arriero no debía dejar traslucir lo más mínimo de su inquietud interior; por el contrario, necesitaba fortalecerle y restituirle el valor que parecía próximo a abandonarle.
—¡Por mi alma que está V. loco! exclamó. ¡Vayan al diablo las ideas descabelladas que se le han metido en la cabeza!
El arriero se revistió de una expresión grave y respondió:
—Es V. muy dueño de reírse de esas ideas, Señor D. Juan; es V. muy instruido y naturalmente en nada cree. Pero yo no soy más que un pobre indio ignorante, y tengo fe en todo lo que mis padres creyeron antes que yo. Mire V., Capitán, nosotros los indios, ya seamos civilizados o salvajes, tenemos la cabeza dura, y todas las ideas nuevas de VV. no pueden atravesar nuestro duro cráneo.