—Veamos, explíquese V., repuso el capitán, quien quería concluir de una vez, aunque sin lastimar las preocupaciones del arriero; ¿qué razón le induce a V. a suponer que su viaje será desgraciado? No es V. hombre capaz de asustarse de su sombra; hace mucho tiempo que conozco a V. y sé que tiene probado valor.

—Doy a V. gracias, Capitán, por la buena opinión que de mí tiene. Sí, soy valiente y creo haberlo probado en varias ocasiones; pero ha sido siempre ante los peligros que mi inteligencia comprendía, y no ante unos peligros que se salen de las leyes naturales que nos rigen.

El capitán estaba mordiéndose los bigotes con impaciencia al ver la molesta prolijidad del arriero; pero, como ya se lo había dicho, conocía al buen hombre y sabía por experiencia que el procurar hacerle abreviar un relato era perder lastimosamente el tiempo, y que era preciso dejarle hablar a su manera.

Hay ciertos caracteres para los cuales, como sucede con la espuela respecto de un caballo vicioso, el tratar de hacerlos adelantar equivale, por el contrario, a llevarlos hacia atrás.

El joven dominó, pues, su impaciencia, y respondió fríamente:

—¿Tuvo V., sin duda, algún mal presagio en el momento de su salida?

—En efecto, capitán, así fue; y de seguro que ante lo que vi, me hubiera guardado muy bien de ponerme en camino si hubiese sido hombre fácil de asustar.

—¿Y cuál fue ese presagio?

—No se ría V., capitán: hasta la Sagrada Escritura dice que Dios, en muchas ocasiones, se complace en dar a los hombres ciertos avisos saludables a los que por desgracia no tienen suficiente juicio para dar crédito.

Y al concluir estas palabras, lanzó un suspiro.