—Es verdad, murmuró el capitán a manera de asentimiento.
—Sepa V., pues, continuó diciendo el arriero, halagado al recibir aquella aprobación por parte de un hombre como el oficial, que mis mulas estaban aparejadas, aguardándome en el corral, custodiadas por los peones, y me disponía para marchar. Sin embargo, como no quería separarme de mi mujer, quizás para mucho tiempo, sin decirle adiós otra vez, me dirigía hacia mi casa para darle otro abrazo, cuando al llegar al umbral de la puerta levanté maquinalmente los ojos y vi posados en la azotea dos búhos que clavaban en mí una mirada de infernal fijeza. Al ver aquella aparición inesperada, me estremecí sin querer y miré a otro lado. En aquel momento cruzaba por el camino un hombre moribundo, llevado por dos soldados en una camilla y escoltado por un fraile que le hacia recitar los salmos de la penitencia y le disponía con dulzura para que muriese como buen cristiano; pero el herido, sin responder una palabra, miraba al fraile sonriéndose sardónicamente: de pronto aquel hombre se incorporó en la camilla, sus ojos se animaron, se volvió hacia mí, me dirigió una mirada llena de sarcasmo y volvió a caer murmurando estas dos palabras que sin duda se dirigían a mí: «¡Hasta luego!»
—¡Ah! dijo el capitán.
—Esa especie de cita que me daba aquel individuo nada tenía de agradable, ¿verdad? repuso el arriero. Aquellas palabras me afectaron mucho y me precipité hacia él con la intención de dirigirle las reconvenciones que me parecían oportunas: ¡había muerto!
—¿Y supo V. quién era aquel hombre?
—Sí, era un salteador que, en un encuentro con los cívicos, quedó mortalmente herido por estos, y le trasladaban al atrio de la catedral para que acabase de expirar allí.
—¿Y es eso todo? preguntó el capitán.
—Sí Señor.
—Pues bien, amigo mío, he hecho bien en insistir para averiguar los motivos de la inquietud de V.
—¡Ah!