—Sí, porque el presagio que entonces le favoreció, le ha interpretado V. de muy distinto modo del que debe hacerlo.
—¿Cómo así?
—Me explicaré: ese presagio significa, por el contrario, que con prudencia y con una vigilancia incansable frustrará V. las traiciones y derribará a sus pies a los bandidos que se atrevan a atacarle.
—¡Oh! exclamó el arriero con alegría, ¿está usted seguro de lo que me dice?
—Tan seguro como de mi salvación en el otro mundo, respondió el capitán santiguándose devotamente.
El arriero tenía una fe profunda en las palabras del capitán, a quien profesaba suma estimación por su probada superioridad; así pues, ni siquiera pensó en poner en duda la seguridad que le daba acerca del error que había cometido en la interpretación del presagio que tanta inquietud le causara. Recobró instantáneamente su buen humor, y pegando un estallido con los dedos, dijo:
—¡Cáspita! Puesto que es así, a nada me expongo. ¿Entonces será inútil que yo dé a Nuestra Señora de la Soledad el cirio que le había prometido?
—Completamente inútil, contestó el capitán.
El arriero enteramente tranquilizado ya, se apresuró a dedicarse a sus faenas habituales. Así el capitán, fingiendo admitir las ideas de aquel indio ignorante, había sabido arrastrarle suavemente a abandonarlas.
Entre tanto todo estaba ya en movimiento en el campamento; los arrieros aparejaban y cargaban las mulas, mientras que los dragones se ocupaban con actividad en ensillar sus caballos y prepararlos todos para la marcha.