El capitán vigilaba los movimientos de todos con una impaciencia febril, metiendo prisa a unos, riñendo a otros y cerciorándose de que sus órdenes se ejecutaban con puntualidad.

Cuando todos los preparativos hubieron terminado, el oficial mandó que almorzasen de pie y con los caballos del diestro, a fin de perder menos tiempo, y en seguida dio la orden de marcha.

Los soldados montaron a caballo; pero en el momento en que la escolta se ponía en movimiento, oyóse un gran estrépito en los jarales, las ramas se apartaron bruscamente, y de improviso apareció a corta distancia un jinete que vestía el uniforme de dragón mejicano y que corría a rienda suelta hacia la tropa.

Cuando hubo llegado cerca del capitán, por un prodigio de equitación paró de golpe su caballo, hizo respetuosamente el saludo militar, y dijo:

—Dios guarde a V. ¿Es al capitán D. Juan Melendez a quien tengo la honra de hablar?

—Al mismo, respondió el oficial sorprendido. ¿Qué me quiere V.?

—Tengo que entregar a V. un pliego en mano propia, repuso el soldado.

—¡Un pliego! ¿De parte de quién?

—De parte del Excmo. Sr. General D. José María Rubio, y lo que contiene este pliego debe ser importante, porque el general me mandó que me diese mucha prisa, y he anclado cuarenta y siete leguas en diecinueve horas.

—Bueno, démelo V., contestó el capitán.