El dragón sacó del pecho un pliego grande con un sello de lacre encarnado, y se le presentó respetuosamente al capitán.
Éste lo cogió y lo abrió; pero antes de leerlo dirigió al soldado, que estaba inmóvil e impasible delante de él, una mirada recelosa que el dragón sostuvo con imperturbable aplomo.
Aquel hombre parecía que tenía a lo más treinta años; su estatura era elevada y bien proporcionada; llevaba con cierto desembarazo el uniforme que vestía; sus facciones inteligentes tenían cierta expresión de astucia y de malicia, que hacían fuese aún más marcada sus ojos negros y de continuo movimiento que no se fijaban en el capitán sino con visible vacilación.
Aquel individuo se parecía en conjunto a todos los demás soldados mejicanos, y nada había en él que pudiese llamar la atención ni excitar sospechas.
Sin embargo, solo con suma repugnancia fue como el capitán consintió en entablar relaciones con él. De seguro que le habría sido difícil, ya que no imposible, explicar la razón de aquel sentimiento; pero hay en la naturaleza ciertas leyes cuya fuerza no puede ponerse en duda, y ellas hacen que desde luego, y solo con ver a una persona, aún antes de dirigirle la palabra, esta persona nos sea simpática o antipática, y que instintivamente lleguemos a sentirnos bien o mal predispuestos respecto de ella. ¿De dónde procede esa especie de presentimiento secreto que nunca se engaña en sus apreciaciones? No acertaríamos a explicarlo; únicamente nos limitamos a consignar un hecho positivo, del cual nosotros mismos con suma frecuencia, durante el curso de nuestra azarosa vida, hemos sufrido la influencia y reconocido la eficacia.
Debemos confesar que el capitán no sentía la más leve simpatía hacia el hombre de quien hablamos, y que, por el contrario, se hallaba muy dispuesto a no tener la más mínima confianza en él.
—¿En qué paraje se separó V. del general? preguntó dando vueltas maquinalmente al pliego que tenía abierto en la mano, pero en el cual no había fijado aún la vista.
—En Pozo Redondo, mi Capitán, un poco antes de llegar a la Noria de Guadalupe.
—¡Ah! ¿Quién es V.? ¿Cómo se llama V.?
—Soy asistente del señor General, y me llamo Gregorio Felpa.