—Escuche V., cazador; he dado gracias a Dios, como debía, por mi emancipación. Ahora que me siento un poco tranquilo y comienzo a acostumbrarme a mi nueva condición, tenga V. la bondad de referirme lo que ha pasado entre usted y mi amo, a fin de que yo sepa de un modo exacto lo que debo agradecer a V., y arregle según esa gratitud mi conducta venidera. Hable V. que ya le escucho.
—¿Para qué he de hacer esa narración que tan poco le interesa a V.? Es V. libre, y eso debe bastarle.
—No, no me basta. Soy libre, es cierto; pero ¿cómo he llegado a serlo?
—Esa narración, lo repito, no puede interesarle a V. mucho. Sin embargo, como puede hacer que forme V. mejor opinión respecto del hombre a quien antes pertenecía, no persistiré en callar. Escuche V. pues.
Después de este exordio, Tranquilo refirió prolijamente los sucesos que habían ocurrido entre el mercader de esclavos y él, y cuando por fin hubo terminado, añadió:
—Vamos, ¿está V. satisfecho ahora?
—Sí, respondió el negro que le había escuchado con la atención más sostenida; sé que, después de Dios, a V. es a quien debo todo, y no lo olvidaré; sean las que quieran las circunstancias en que nos encontremos el uno respecto del otro, nunca tendrá V. que reclamar el pago de mi deuda.
—Nada me debe V., que ahora es ya libre; lo que le corresponde es emplear esa libertad como debe hacerlo un hombre de corazón recto y honrado.
—Procuraré no ser indigno de lo que Dios y V. han hecho por mí; también agradezco sinceramente a John Davis el buen sentimiento que le ha impulsado a prestar oído a las observaciones de V.: quizás me será dado algún día mostrarle mi gratitud; y si tal ocasión se presentase, no la desperdiciaré.
—¡Bien! Me gusta oírle a V. hablar así; eso me prueba que no me he equivocado en el concepto que acerca de V. he formado. Y ahora, ¿qué se propone V. hacer?