—¿Qué consejo me da V.?
—La pregunta es importante, y no sé a punto fijo cómo contestar: la elección de una profesión cualquiera es siempre cosa muy difícil; antes de adoptar una resolución de ese género, es necesario reflexionarlo con madurez: a pesar de mi deseo de serle a V. útil, no quisiera darle un consejo que, sin duda por consideración hacia mí, se apresuraría a seguir, y más tarde podría causarle pesadumbre. Además, soy un hombre cuya vida, desde la edad de siete años, ha trascurrido constantemente en los bosques; y por lo tanto, tengo muy poca experiencia para aventurarme a lanzarle a V. por una senda que yo mismo no conozco, y cuyas ventajas e inconvenientes ignoro.
—Ese raciocinio me parece muy exacto; sin embargo, no puedo permanecer así: tengo que adoptar un partido, sea el que quiera.
—Haga V. una cosa.
—¿Cuál es?
—Tome V. una escopeta, un cuchillo de monte, pólvora y balas; el desierto está abierto delante de V. Márchese, ensaye durante algunos días la Vida libre de las grandes soledades. Durante sus largas horas de caza reflexionará con entero descanso acerca de la profesión a que le conviene dedicarse; pesará V. en su mente las ventajas que de ella espere obtener, y luego, cuando haya adoptado una determinación irrevocable, vuelve V. la espalda al desierto, se encamina de nuevo a los sitios habitados, y como es V. un hombre activo, inteligente y honrado, estoy seguro de que alcanzará buen éxito, sea la que quiera la profesión a que se dedique.
El negro movió la cabeza varias veces, y dijo:
—Sí, en lo que V. me propone hay bueno y hay malo; no es eso completamente lo que yo quisiera.
—Explíquese V. claramente, Quoniam; adivino que quiere V. decirme algo y no se atreve.
—Es verdad: no he sido franco con V., Tranquilo, y he hecho mal; ahora lo conozco. En vez de pedirle hipócritamente un consejo que de ningún modo tenía intención de seguir, debí decir a V. lealmente mi modo de pensar, y eso siempre hubiera sido mejor.