—Veamos, dijo el cazador riendo, hable V.
—¡Tiene V. razón! ¿Por qué no he de decirle lo que mi corazón siente? Si en el mundo hoy un hombre que se interese por mí, es V., sin disputa; por lo tanto, más vale que sepa yo en seguida a qué atenerme. La única profesión que me conviene es la de cazador de los bosques. A ella me impulsan mis instintos y mis inspiraciones. Todas mis tentativas de evasión, cuando yo era esclavo, tendían a ese objeto. No soy más que un pobre negro con un talento muy limitado y una inteligencia muy corta, que no podrían servirme de un modo conveniente en las ciudades, en donde al hombre no se le aprecia por lo que vale, sino únicamente por lo que parece. ¿Para qué me serviría esa libertad, con la que tanto me envanezco, en una ciudad en donde, para mantenerme y vestirme, al instante me vería obligado a sacrificarla en provecho del primero que se dignase procurarme los recursos más necesarios de que me hallo completamente privado? Solo habría reconquistado mi libertad para convertirme yo mismo de nuevo en esclavo. Así pues, solo en el desierto es en donde puedo aprovechar ese beneficio que debo a V., sin temer nunca que la miseria me arrastre a cometer acciones indignas de un hombre que tiene el convencimiento de lo que vale. Por eso, solo en el desierto es donde puedo vivir en lo sucesivo, sin volver a acercarme a las ciudades más que para cambiar las pieles de los animales que yo haya cazado por balas, pólvora y ropa. Soy joven y vigoroso: ¡Dios, que me ha protegido hasta ahora, no me abandonará!
—Quizás tenga V. razón: yo, para quien la vida que llevo es preferible a cualquiera otra, no puedo censurar a V. porque quiera seguir mi ejemplo. ¡Bueno! Ahora que todo está arreglado y convenido a gusto de V., vamos a separarnos, mi buen Quoniam. Dios le dé a V. buena suerte, y quizás nos encontremos algún día en el territorio indio.
El negro se echó a reír, enseñando dos hileras de dientes blancos como la nieve, pero no respondió.
Tranquilo se echó su rifle al hombro, le hizo una seña postrera de amistosa despedida, y se volvió para dirigirse a su piragua.
Quoniam cogió la escopeta que el cazador le había dejado, se puso el cuchillo de monte en el cinto, del cual colgó también los dos cuernos llenos de pólvora y balas, y luego, habiendo dirigido una mirada en torno suyo para cerciorarse de que nada dejaba olvidado, siguió al cazador, que le había tomado ya una delantera bastante considerable.
Le alcanzó en el momento en que llegaba junto a la piragua y se disponía a ponerla a flote. Al oír el cazador el ruido de los pasos, se volvió y dijo:
—¡Calle! ¿Es V. todavía, Quoniam?
—¡Sí! contestó el negro.
—¿Qué motivo le trae a V. hacia este lado?