—¡Ah! dijo Quoniam metiéndose los dedos entre su encrespada cabellera y rascándose con furor, es que ha olvidado V. una cosa.

—¿Yo?

—Sí Señor, respondió el negro con cierto embarazo.

—¿Qué es?

—El llevarme con V.

—Es verdad, dijo el cazador tendiéndole la mano; perdóneme V., hermano.

—Según eso, ¿consiente V.? exclamó Quoniam con una alegría mal contenida.

—Sí.

—¿Ya no nos separaremos?

—Eso dependerá de la voluntad de V.