Como John Davis ninguna objeción tenía que oponer al dictamen del soldado, éste llevó a cabo en seguida su determinación; retiróse la comida del fuego y fue puesta delante de los dos hombres, quienes comenzaron a atacarla con tanto vigor, que muy luego quedó agotada, a pesar de que era abundante.
Aquel manjar suculento había sido rociado con sendos tragos de refino de Cataluña, del que parecía que el soldado se hallaba abundantemente provisto.
Todo ello concluyó con el cigarrillo de rigor, ese complemento indispensable de toda comida hispano-americana, y los dos hombres, fortalecidos por el buen alimento con que habían provisto sus estómagos, se encontraron muy contentos y en la mejor disposición para conversar con entera franqueza.
—Me parece V. hombre muy precavido, dijo el americano echando una cantidad enorme de humo, de la que una parte salía por la boca y la otra por la nariz.
—Es una reminiscencia de mi antigua vida de cazador. Los soldados, por lo general, no suelen ser tan cuidadosos como yo, ni con mucho.
—Cuanto más le observo a V., repuso John Davis, más extraño me parece que haya V. podido decidirse a adoptar un género de vida tan poco lucrativo como el de soldado.
—¡Qué quiere V.! La fatalidad, y luego la imposibilidad en que me encuentro de mandar el uniforme al diablo. Al menos tengo la esperanza de ascender a cabo antes de un año.
—¡Eh! No es mal grado, según he oído decir; la paga debe ser buena.
—No sería mala si nos la diesen.
—¿Cómo es eso?