—¿Por qué la abandonó V., puesto que tanto le gustaba?
—¡Ah! Ahí tiene V., dijo el soldado, el amor.
—¿Cómo el amor?
—Sí, cometí la tontería de enamorarme de una muchacha que me hizo sentar plaza.
—¡Diablo!
—Sí, y luego apenas me hube puesto el uniforme, me dijo que se había equivocado respecto de mí, y que vestido de soldado estaba aún más feo de lo que ella había creído. En resumen, me dejó plantado sin ceremonia para irse con un arriero.
El americano no pudo menos de reírse al oír tan singular historia.
—Es triste cosa, ¿verdad? repuso el soldado.
—Muy triste, replicó John Davis procurando en vano recobrar su seriedad.
—¡Qué quiere V.! añadió melancólicamente el soldado, ¡el mundo no es más que un continuo engaño! Pero creo que nuestra comida está ya en sazón, exclamó variando de tono; percibo cierto olorcillo que me advierte que es ya tiempo de quitarle del fuego.