—Sí Señor, respondió el americano, hace diez horas que estoy a caballo, sin contar con que he pasado la mañana batiéndome.

—¡Cuerpo de Cristo! Rudo trabajo ha hecho usted.

—Bien puede V. decirlo sin temor de equivocarse, porque, a fe de cazador, que nunca he tenido tanto que hacer.

—¿Es V. cazador?

—Para servir a V.

—¡Hermoso oficio! dijo el soldado lanzando un suspiro. Yo también lo he sido.

—¿Y le echa V. de menos?

—¡Cada día más!

—Comprendo eso. Cuando se ha llegado a probar la vida del desierto, siempre se quiere volver a ella.

—¡Ay! Sí por cierto.