—¡Sin pecado concebida! respondió el dragón correspondiendo al saludo del americano.

—Santas tardes, repuso John.

—Dios se las dé a V. muy buenas, respondió inmediatamente el soldado.

Apuradas ya estas fórmulas sacramentales de todo encuentro, se prescindió de toda ceremonia y quedó hecho el conocimiento.

—Eche V. pie a tierra, caballero, dijo el dragón; el calor es sofocante en la pradera; tengo aquí una sombra excelente, y en este momento estoy cociendo un pedazo de cecina con habichuelas encarnadas, sazonadas con pimentón, que le han de gustar a V. mucho si quiere hacerme el favor de participar de mi comida.

—Acepto con mucho gusto su amable convite, respondió el americano sonriendo, y con tanto más motivo, cuanto que confieso a V. que me estoy muriendo de hambre y cayendo de cansancio.

—¡Cáspita! Entonces me felicito de la afortunada casualidad que nos reúne. Eche V. pie a tierra sin más tardanza.

—Eso mismo voy a hacer.

En efecto, el americano se apeó de su caballo, le quitó el freno, y el noble animal fue al instante a reunirse con su compañero, mientras que su amo, lanzando un suspiro de satisfacción, se tendió en el suelo junto al dragón.

—¿Parece que ha andado V. una jornada muy larga? preguntó el soldado.