A media milla, sobre poco más o menos, del sitio en que estaba parado, un poco hacia la derecha, es decir, precisamente en la dirección que John se disponía a seguir, veía una delgada columna de humo que se alzaba del centro de unos matorrales.
En el desierto un poco de humo que se vea en el camino, da siempre amplio motivo de reflexión.
El humo se alza, por lo general, de un fuego en torno del cual se hallan sentados varios individuos.
Ahora bien, el hombre, más desgraciado en esto que las fieras, teme siempre en la pradera el encuentro de su semejante, porque siempre hay cien probabilidades contra una de que el individuo a quien llegue a ver sea un enemigo.
Sin embargo, John Davis, después de reflexionar maduramente, resolvió avanzar hacia el humo que estaba viendo; desde la madrugada se hallaba casi en ayunas, el hambre comenzaba a hostigarle, y además sentía gran cansancio. Examinó, pues, sus armas con la mayor atención con el fin de poder recurrir a ellas si era necesario, y clavando las espuelas a su caballo, se encaminó resueltamente hacia el humo, aunque vigilando con esmero los alrededores por temor de ser sorprendido.
Al cabo de diez minutos llegó al sitio que se proponía; pero como a unos cincuenta pasos del grupo de árboles contuvo la carrera de su caballo, volvió a colocar su rifle atravesado sobre el arzón de su silla, su semblante perdió la expresión recelosa que tenía, y se adelantó hacia la hoguera con la sonrisa en los labios y con el aspecto más pacífico y amistoso que pudo imaginar.
En medio de una espesura cuya sombra protectora ofrecía cómodo abrigo al viajero cansado, un hombre que vestía el uniforme de los dragones mejicanos se hallaba indolentemente sentado delante de una hoguera que le servía para condimentar su comida, mientras fumaba una pajilla. Una larga lanza guarnecida de su banderola estaba apoyada cerca de él en el tronco de un árbol, y un caballo completamente aparejado, pero al cual habían quitado el freno, comía con la mayor tranquilidad los retoños de los árboles y la tierna yerba de la pradera.
Aquel hombre parecía que tenía veintisiete o veintiocho años; su astuto rostro estaba animado por unos ojillos vivos, y el color cobrizo de su piel revelaba su origen indio.
Hacía mucho tiempo que había visto al jinete que se acercaba; pero no pareció que le daba gran importancia, y con la mayor tranquilidad continuó fumando y vigilando su comida, sin adoptar contra la visita imprevista que le llegaba más precaución que la de cerciorarse de si su sable salía bien de su vaina. John Davis, cuando ya distó pocos pasos del soldado, se detuvo, y llevándose la mano al sombrero, dijo:
—¡Ave María Purísima!