John Davis sentía su curiosidad muy excitada por la conducta de uno de los personajes con quienes la casualidad le había puesto en contacto en aquella mañana tan fértil en sucesos de todas clases. El personaje que tenía el privilegio de llamar en tan sumo grado la atención del americano, era el Desollador-Blanco.

La lucha heroica sostenida por aquel hombre solo contra una nube de enemigos encarnizados, su fuerza hercúlea, la destreza con que manejaba su caballo, todo le parecía prodigioso en aquel individuo singular.

Muchas veces, en las veladas del vivac, había oído hacer, acerca de aquel cazador, los relatos más extraordinarios y exagerados, sobre todo a los indios a quienes inspiraba un terror cuya razón comprendía ya desde que había visto al hombre, porque éste se reía de las armas dirigidas contra su pecho, y siempre salía sano y salvo de los combates que empeñaba, fuese el que quisiera el número de sus adversarios, y parecía más bien un demonio que una criatura humana. John Davis, a pesar suyo, se estremecía con aquellos pensamientos y se felicitaba por haberse librado tan milagrosamente del peligro que corrió en su encuentro con el Desollador.

Consignaremos de paso que no hay en el mundo pueblo alguno más supersticioso que el norteamericano. Esto es muy fácil comprenderlo: aquella nación, verdadera capa de arlequín, es un compuesto heterogéneo de todas las razas que pueblan al antiguo mundo; cada uno de los representantes de estas razas llegó a América llevando en su equipaje de emigrado, no solo sus vicios y sus pasiones, sino también sus creencias y sus supersticiones de todas clases, las más locas, las más pueriles y las más absurdas, con tanto más motivo cuanto que la masa de los emigrados que en diferentes épocas se refugiaron en América, se componía de gentes en su mayor parte desprovistas de toda instrucción: bajo este punto de vista los norteamericanos, debemos hacerles esta justicia, no han degenerado en manera alguna: hoy son por lo menos tan groseros y tan brutales como lo eran sus antepasados.

Fácil será imaginar la cantidad notable de leyendas de brujas, de fantasmas, etc., que circulan por la América del Norte, y lo mucho que esas leyendas, conservadas por la tradición, pasando de boca en boca, y con el tiempo mezclándose unas con otras, han debido acrecentarse aún en un país en que los aspectos grandiosos de la naturaleza arrastran de por sí la imaginación a la melancolía.

Por eso John Davis, aunque se jactaba de ser hombre despreocupado, no dejaba de poseer, como todos sus compatriotas, una fuerte dosis de credulidad, y aquel hombre, que sin duda no habría retrocedido, aunque viese varios fusiles dirigidos contra su pecho, se estremecía de miedo al oír el ruido de una hoja que caía por la noche sobre su hombro.

Por lo demás, tan luego como a John Davis se le ocurrió la idea de que el Desollador-Blanco era un demonio, o cuando menos un brujo, se apoderó de ella, y esta suposición llego a ser inmediatamente para él un artículo de fe. Como es natural, al instante se sintió tranquilizado por este descubrimiento; sus ideas volvieron a tomar su curso ordinario, y la preocupación que atormentaba a su mente desapareció como por encanto; su opinión se hallaba ya completamente formada respecto de aquel hombre, y si otra vez volvía la casualidad a ponerlos frente a frente, ya sabría cómo había de proceder con él.

Juzgándose dichoso porque al fin había encontrado aquella solución, levantó alegremente la cabeza y dirigió en torno suyo una mirada investigadora con el fin de enterarse de los sitios por donde iba pasando.

Hallábase próximamente en el centro de una llanura extensa y poco accidentada, cubierta de una yerba crecida, y sombreada en algunos puntos por pequeños grupos de árboles.

Pero de improviso se empinó sobre los estribos, colocó su mano derecha sobre sus ojos a manera de pantalla, y miró atentamente.