El capitán alzó los ojos con viveza hacia el sitio que le señalaba el soldado.
En el mismo instante estalló una descarga espantosa en ambos lados del camino, y una granizada de balas llovió sobre el convoy.
Antes de que el capitán, furioso al ver aquella traición indigna, hubiese podido sacar una pistola de su cinto, cayó al suelo arrastrado por su caballo al que un balazo había herido en el corazón.
El guía acababa de desaparecer sin que fuese posible saber cómo se había fugado.
[XXVIII.]
JOHN DAVIS.
John Davis, el mercader de esclavos, tenía un temple sobrado fuerte para que las escenas que había presenciado durante aquel día, y en las que en cierto momento representó él también un papel bastante activo, hubiesen dejado en su mente una impresión muy duradera.
Después de haberse separado del Zorro-Azul continuó bastante tiempo galopando y orientándose en dirección del sitio en que debía reunirse con el Jaguar; pero poco a poco fue entregándose por completo a sus cavilaciones, y como el caballo, con el instinto admirable que distingue a estos nobles animales, comprendió que su jinete ya no se cuidaba de él, fue disminuyendo gradualmente la rapidez de su marcha, pasando del galope rápido a una media rienda, de ésta al trote, y por fin al paso, llevando la cabeza baja y cogiendo con el extremo del hocico algunos bocados de yerba o algunas hojas.