—Pues se las prometo a V.

—Basta; sé que nunca falta V. a su palabra.

Entonces se desabrochó el uniforme, cogió una bolsita colgada de su cuello con una cadena de acero, y se la presentó al cabecilla diciéndole:

—¿Conoce V. esto?

—Sí por cierto, respondió el Jaguar santiguándose devotamente, es una reliquia.

—Bendecida por el Papa, como lo prueba este certificado.

—Es cierto.

El dragón se quitó la reliquia y la puso en manos del Jaguar; luego, cruzando el pulgar de la mano derecha con el de la izquierda, dijo con voz firme y acentuada:

—Yo, Gregorio Felpa, juro sobre esta reliquia cumplir fielmente todas las cláusulas del trato que acabo de estipular con el noble capitán denominado el Jaguar: si falto a mi juramento, renuncio desde hoy y para siempre a la parte que espero tener en el paraíso, y me consagro a las llamas eternas del infierno. Ahora, añadió, guarde V. esa reliquia preciosa; a mi regreso me la devolverá.

El capitán, sin contestar, se la colgó inmediatamente al cuello.