—¡Cáspita! Oiga V., cosas más singulares se han visto, y por poco que valga mi cabeza, confieso a V. mi debilidad de tenerla mucho apego. Así pues, le advierto que si no tiene mejores garantías que darme, queda deshecho el negocio.

—¡Sería lástima!

—Ya lo sé; pero la culpa es de V. y no mía. Debía V. haber adoptado mejor sus medidas antes de venir a buscarme.

—¿Con que nada podrá convencerle a V. de mi buena fe?

—Nada.

—Veamos, es preciso concluir, exclamó el soldado con impaciencia.

—Eso es lo que más deseo.

—¿Queda bien convenido entre nosotros que me dará V. quinientas onzas de oro?

—Sí, si por mediación de V. me apodero de la conducta de plata.

—Desde luego.