—Sí por cierto, puesto que yo he de servir de guía.
—Ahora sí que ya no nos entendemos.
—Al contrario, nos entendemos muy bien. Voy a separarme de V.; iré a reunirme con el capitán a quien entregaré el despacho del general; que quiera que no, se verá obligado a tomarme por guía y le llevaré a poder de V., con la misma seguridad con que se conduce a un novillo al matadero.
El Jaguar dirigió al soldado una mirada que parecía que quería penetrar hasta lo más profundo de su corazón.
—Es V. un mozo muy atrevido, le dijo por fin; pero, en concepto mío, arregla V. demasiado bien las cosas a su antojo. Yo no le conozco a V.: ésta es la primera vez que le veo y (perdóneme que le hable con tanta franqueza) es para fraguar una traición. ¿Quién me responde de la fidelidad de V.? Si soy bastante necio para dejarle marchar tranquilamente, ¿quién me asegura que no se volverá contra mí?
—Mi propio interés ante todo: si merced a mi auxilio se apodera V. del convoy, me pagará quinientas onzas de oro.
—No es demasiado caro. Sin embargo, permítame V. que le haga todavía otra observación.
—Hágala V.
—Nada me prueba que no le hayan prometido a V. el doble por apoderarse de mí.
—¡Oh! ¡No! dijo el soldado con energía.