—¡Es verdad! Esos hombres son necesarios como la peste y la lepra. Sin embargo, sostengo mis palabras: ¡es el pícaro más completo que he visto en toda mi vida, y bien sabe Dios que en el curso de mi existencia he visto desfilar por delante de mí una colección magnífica!

Algunos minutos después, los merodeadores de fronteras levantaban el campo y montaban a caballo con el fin de dirigirse al desfiladero para el cual habían dado cita a Gregorio Felpa, el asistente del general Rubio, quien había depositado en él una confianza a que tan acreedor se hacía en todos conceptos.


[XXX.]

LA EMBOSCADA.


El Jaguar adoptó tan bien sus medidas, y el traidor que guió la conducta de plata maniobró tan bien, que los mejicanos habían caído en una emboscada de la cual era muy difícil, ya que no imposible, que saliesen.

Los soldados, atemorizados un instante por la caída de su jefe cuyo caballo fue herido mortalmente en el principio de la acción, pero dóciles, sin embargo, a la voz del capitán, quien por un esfuerzo supremo había logrado levantarse casi en seguida, se agruparon en torno de la recua, y haciendo frente con resolución a todos los costados a la vez, se dispusieron a defender con valor el precioso depósito confiado a su custodia.

La escolta mandada por el capitán Melendez, aunque poco numerosa, se componía de soldados viejos y de experiencia, acostumbrados hacía mucho tiempo a la guerra de guerrillas y para quienes nada extraordinario ofrecía la posición crítica en que su mala estrella les había colocado.

Los dragones echaron pie a tierra, y tirando sus largas lanzas que les eran inútiles en una lucha como la que se preparaba, cogieron sus carabinas, se las echaron a la cara, y con los ojos fijos en los matorrales, aguardaron impasibles la orden de comenzar el fuego.