El capitán Melendez había estudiado el terreno con una ojeada rápida, y vio que estaba muy lejos de serle favorable. A derecha e izquierda había ásperas pendientes coronadas de enemigos; a retaguardia, una partida numerosa de merodeadores de fronteras, emboscada detrás de unos árboles caídos que, como por encanto, habían interceptado súbitamente el camino y cortado la retirada; por último, a vanguardia, un precipicio de cerca de veinte metros de anchura y de una profundidad incalculable.

Así pues, parecía que a los mejicanos se les arrebataba toda esperanza de salir sanos y salvos de la posición en que se hallaban acorralados, no solo por razón del considerable número de enemigos que les cercaban por todos lados, sino también por la disposición del sitio. Sin embargo, después que el capitán hubo estudiado atentamente el terreno, brilló en sus ojos un relámpago, y una sonrisa sombría iluminó su semblante.

Hacía mucho tiempo que los dragones conocían a su jefe, tenían fe en él, vieron aquella sonrisa y se acrecentó su valor.

El capitán se había sonreído, luego tenía esperanza.

Verdad es que ni un solo hombre, en toda la escolta, hubiera podido decir en qué consistía aquella esperanza.

Después de la primera descarga, los merodeadores coronaron inopinadamente las alturas, pero permanecieron inmóviles, contentándose con vigilar con la mayor atención los movimientos de los mejicanos.

El capitán aprovechó este momento de tregua que tan generosamente le ofrecía el enemigo, para adoptar algunas disposiciones defensivas y corregir su plan de batalla.

Descargáronse las mulas, colocáronse los preciosos cajones enteramente atrás, lo más lejos posible del enemigo; luego las mulas y los caballos, llevados al frente de la línea de batalla del destacamento, fueron colocados de modo que sus cuerpos sirviesen de parapetos a los soldados, los cuales, con una rodilla en tierra y doblados detrás de aquel atrincheramiento vivo, se encontraron guarecidos en cierto modo contra las balas enemigas.

Cuando todas estas medidas estuvieron adoptadas y una ojeada postrera cercioró al capitán de que sus órdenes se habían ejecutado con puntualidad, se inclinó al oído del señor Bautista, arriero principal, y le dijo algunas palabras en voz baja.

El arriero hizo un movimiento brusco de sorpresa al oír las palabras del capitán; pero reanimándose en seguida, bajó afirmativamente la cabeza.