—¿Obedecerá V.? preguntó D. Juan mirándole fijamente.

—Sí, mi Capitán; lo juro por mi honor, contestó el arriero.

—Pues entonces le respondo a V. de que vamos a reírnos, dijo alegremente el joven.

El arriero se retiró, y el capitán fue a colocarse al frente de sus soldados. Apenas había ocupado su puesto de combate cuando un hombre apareció en la cumbre de la pendiente de la derecha: aquel hombre llevaba en la mano una lanza en cuyo extremo flotaba un pedazo de tela blanca.

—¡Oh! ¡Oh! murmuró el capitán, ¿qué significa eso? ¿Temen ya que se les escape su presa?

—¡Eh! gritó con voz fuerte, ¿qué quieren VV.?

—Parlamentar, respondió lacónicamente el hombre de la bandera.

—¡Parlamentar! replicó el capitán, ¿para qué? Además, tengo la honra de ser oficial en el ejército mejicano, y no puedo estipular tratos con bandidos.

—Tenga V. cuidado, Capitán, un valor inoportuno suele degenerar en fanfarronada; la posición de V. es desesperada.

—¿Lo cree V. así? respondió el joven con voz burlona.