—Está V. cercado por todas partes.

—Excepto por una.

—Sí; pero en esa hay un precipicio que no se puede pasar.

—¿Quién sabe? dijo el capitán, siempre en tono de sorna.

—En fin, ¿quiere V. escucharme, sí o no? repuso el otro a quien este diálogo comenzaba a impacientar.

—Corriente, dijo el oficial, veamos las proposiciones de V., y después le manifestaré mis condiciones.

—¿Qué condiciones? preguntó el parlamentario con sorpresa.

—¡Pardiez! Las que me propongo imponer a usted.

Una carcajada homérica de los merodeadores de fronteras acogió estas palabras altaneras. El capitán permaneció impasible y frío.

—¿Quién es V.? preguntó.