—El jefe de la gente que les tiene a VV. cautivos.
—¡Cautivos! Creo que no; en fin, allá veremos. ¡Ah! ¿Con que es V. el Jaguar, ese bandido feroz cuyo nombre es execrado en todas estas fronteras?
—Yo soy el Jaguar, respondió éste sencillamente.
—Muy bien. ¿Qué me quiere V.? Hable, y sobre todo sea breve, replicó el capitán apoyando la punta de su sable en el extremo de su bota.
—Quiero evitar la efusión de sangre, dijo el Jaguar.
—Eso está muy bien; pero me parece un poco tarde para adoptar una resolución tan laudable, dijo el oficial con su voz burlona.
—Escuche V., Capitán; es V. un oficial valiente, y sentiría yo que sucediese una desgracia; no se obstine V. en sostener una lucha imposible, rodeado como lo está por fuerzas considerables; toda tentativa de resistencia sería una locura imperdonable que no daría más resultado que la muerte de todos los soldados que usted manda, sin que le quede la menor esperanza de salvar el convoy confiado a su custodia. Ríndase V., se lo repito, pues no le queda otro medio de salvación.
—Caballero, respondió el oficial hablando ya esta vez en tono muy serio, doy a V. gracias por las palabras que acaba de pronunciar; tengo cierta experiencia para conocer a los hombres, y veo que en este momento habla V. lealmente.
—Sí, dijo el Jaguar.
—Desgraciadamente, prosiguió el capitán, me veo obligado a repetir a V. que tengo la honra de ser oficial, y que nunca consentiré en entregar mi espada a un jefe de partida cuya cabeza está a precio. Si he sido bastante idiota y loco para dejarme atraer a un lazo, tanto peor para mí; sufriré las consecuencias.