Los dos interlocutores se habían ido acercando uno a otro, y a la sazón hablaban frente a frente.

—Comprendo, Capitán, que en ciertas y determinadas circunstancias su honor militar le obligue a sostener una lucha, aún en condiciones desfavorables; pero aquí el caso es muy distinto, todas las probabilidades están contra V., y nada padecerá su honra con una rendición que librará: la vida de tantos soldados valientes.

—Y que sin disparar un tiro le entregará a usted la rica presa que tanto codicia, ¿no es verdad?

—Esa presa, por más que V. haga, no se nos puede escapar.

El capitán se encogió de hombros, y dijo:

—¡Está V. loco! Como todos los hombres acostumbrados a la guerra de las praderas, ha querido V. ser sobrado astuto, y sus ardides han ido demasiado lejos.

—¿Cómo así?

—Aprenda V. a conocerme, caballero: soy cristiano viejo, desciendo de los antiguos conquistadores, y la sangre española corre por mis venas. Todos mis soldados me son fieles y adictos: por orden mía se dejarán matar todos sin vacilar lo más mínimo; y por muy ventajosas que sean las posiciones que V. ocupa, por muy numerosa que sea su gente, se necesita cierto espacio de tiempo para exterminar a cincuenta hombres reducidos a la desesperación y resueltos a no pedir cuartel.

—Sí, dijo el Jaguar con voz sorda; pero se concluye por matarlos.

—Sin duda alguna, repuso tranquilamente el capitán; pero mientras V. nos va degollando, los arrieros, que al efecto han recibido ya mis órdenes terminantes, harán que las cajas de dinero vayan rodando unas después de otras al fondo del abismo, en cuya orilla nos ha acorralado V.