—Pues entonces defiéndase V.

Ambos enemigos se pusieron en guardia. Durante algunos segundos se oyó el choque furioso de los aceros. De improviso y por un movimiento brusco, el capitán hizo volar por el aire el arma de su adversario. Antes que éste se hubiese repuesto de su sorpresa, el oficial se precipitó sobre él y le enlazó con sus brazos como una serpiente.

Los dos hombres rodaron por el suelo.

A dos pasos detrás de ellos se hallaba el precipicio.

Todos los esfuerzos del capitán tendían a atraer al Jaguar al borde del abismo; el cabecilla, por el contrario, procuraba librarse de la presión terrible de su enemigo, cuyo siniestro proyecto había adivinado sin duda alguna.

Por fin, después de una lucha de algunos minutos, los brazos que oprimían el cuerpo del Jaguar se aflojaron poco a poco; las crispadas manos del oficial se soltaron, y el cabecilla, reuniendo todas sus fuerzas, logró desembarazarse de su enemigo y levantarse.

Pero apenas se hallaba de pie, cuando el capitán, que parecía estar aniquilado y casi desmayado, saltó como un tigre, se agarró a brazo partido con su enemigo, y le imprimió un sacudimiento terrible.

El Jaguar, que todavía estaba aturdido por la lucha que acababa de sostener, y no esperaba aquel ataque brusco, se tambaleó y perdió el equilibrio, lanzando un grito horroroso.

—¡Por fin! exclamó el capitán con feroz alegría.

Los circunstantes lanzaron una exclamación de horror y de desesperación.