Un aullido de horror resonó entre la multitud, que vaciló un momento.

El capitán bajó con viveza su palanca, y la caja se inclinó sobre el borde del abismo.

Este movimiento restituyó a los bandidos toda su cólera y su rabia.

—¡Muera! ¡Muera! exclamaron precipitándose sobre el oficial.

—¡Deteneos! gritó el Jaguar lanzándose hacia adelante y derribando cuanto se oponía a su paso. Nadie se mueva: ese hombre me pertenece.

Al oír esta voz bien conocida de todos, aquellos hombres se detuvieron.

El capitán tiró su palanca: la última caja acababa de caer al precipicio.

—Ríndase V., Capitán Melendez, dijo el Jaguar adelantándose hacia el oficial.

Éste había vuelto a coger su sable, y respondió:

—Ya no merece la pena: prefiero morir.