—¡Dios y libertad! gritaron los soldados.
Y aunque estaban abrumados de cansancio, se arrojaron resueltos en lo más espeso de la multitud de enemigos que les rodeaban.
Durante algunos minutos, aquellos diez hombres hicieron prodigios de valor; pero al fin prevaleció el número: ¡todos cayeron!
¡Solo el capitán vivía aún!
Había aprovechado el sacrificio de sus soldados para coger una palanca y hacer que una de las cajas rodase al precipicio; la segunda, levantada con sumo trabajo, solo necesitaba ya un esfuerzo postrero para desaparecer a su vez, cuando de improviso un «¡hurra!» terrible hizo que el capitán levantase la cabeza.
Los merodeadores de fronteras acudían enfurecidos y anhelosos cual tigres sedientos de sangre.
—¡Ah! ¡Al menos esa la tendremos! exclamó alegremente Gregorio Felpa, el guía traidor, precipitándose hacia adelante.
—¡Mientes, miserable! respondió el capitán.
Y alzando con ambas manos la pesada barra de hierro, rompió el cráneo al soldado, quien cayó sin lanzar un grito, sin exhalar un suspiro.
—Ahora a otro, dijo el capitán volviendo a levantar la palanca.