Entonces se empeñó la lucha cuerpo a cuerpo al arma blanca, mezclándose los agresores con los atacados, empujándose unos a otros con sordos rugidos de cólera, peleando más bien como fieras que como hombres.

Los arrieros, diezmados por los tiros que les asestaban, no por eso dejaban de continuar con ardor su trabajo: tan luego como la palanca se escapaba de las manos de uno de ellos que rodaba expirante por el suelo, otro se apoderaba en seguida de la pesada barra de hierro, y las cajas de dinero caían sin interrupción al precipicio no obstante las rabiosas vociferaciones y los esfuerzos gigantescos de los enemigos, que en vano se afanaban por derribar la muralla viva que les cerraba el paso.

Era un espectáculo de horrible belleza el que ofrecía aquella lucha encarnizada, aquel combate implacable que sostenían aquellos hombres al resplandor brillante de un bosque entero que estaba ardiendo cual un faro lúgubre y siniestro.

Los gritos habían cesado, la carnicería continuaba sorda y terrible, y solo se oía de vez en cuando la voz del capitán que repetía con breve acento:

—¡Estrechad las filas! ¡Estrechad las filas!

Y las filas se estrechaban, y los hombres caían sin quejarse, habiendo hecho de antemano el sacrificio de su vida, y no peleando ya sino para ganar las pocos minutos indispensables para que aquel sacrificio no fuese estéril.

En vano los merodeadores de fronteras, excitados por la codicia, procuraban destruir aquella resistencia enérgica que les oponía un puñado de hombres: los heroicos soldados, apoyados unos en otros, con los pies afirmados contra los cadáveres de los que les habían precedido en la muerte, parecía que se multiplicaban para cerrar el desfiladero en todos los puntos a la vez.

Sin embargo, el combate no podía durar ya mucho tiempo; de toda la escolta del capitán, diez hombres cuando más permanecían todavía de pie, los demás habían sucumbido, pero heridos todos por delante en mitad del pecho.

Todos los arrieros habían muerto; dos cajas quedaban todavía en la orilla del precipicio; el capitán dirigió una mirada rápida en torno suyo, y exclamó:

—¡Un esfuerzo más, hijos míos! Cinco minutos tan solo bastan para concluir nuestro trabajo.