—¡Ya es tiempo! gritó el capitán.
En seguida se oyó el ruido de la caída de una caja de dinero al precipicio.
Merced al incendio había tanta claridad como si fuese de día; y ningún movimiento de los mejicanos pasaba desapercibido para sus adversarios.
Los bandidos lanzaron un grito de furor al ver a las cajas rodar unas en pos de otras al abismo.
Precipitáronse con furia sobre los soldados; pero estos los recibieron con bayoneta calada y sin cejar lo más mínimo.
Una descarga hecha a quemarropa por los mejicanos, que habían reservado su fuego, tendió en el suelo a un número considerable de enemigos e introdujo el desorden en sus filas, obligándoles a retroceder a pesar suyo.
—¡Adelante! gritó el Jaguar.
Sus compañeros volvieron a la carga con más furor que nunca.
—¡Manteneos firmes! ¡Es preciso morir! dijo el capitán.
—¡Moriremos! respondieron unánimes los soldados.