—¿Cómo es eso?

El Jaguar refirió en breves palabras a su confidente lo que había pasado entre el capitán y él.

—¡Maldición! exclamó el americano, entonces démonos prisa.

—Para colmo de males reina una oscuridad profunda.

—¡Vive Dios! Hagamos una iluminación, y quizás les dará en qué pensar a esos demonios.

—Tiene V. razón: ¡vengan teas!

—Hagamos otra cosa mejor: incendiemos el bosque.

—¡Ja! ¡Ja! exclamó el Jaguar riendo, ¡bravo! ¡Vamos a ahumarlos como si fuesen arenques!

Esta idea diabólica fue ejecutada al momento, y muy luego un cordón de llamas brillantes ciñó la cumbre de la colina y corrió en torno del desfiladero, en donde los mejicanos aguardaban impasibles el ataque de sus enemigos.

No tuvieron que esperar mucho, pues muy pronto comenzó un vivo fuego de fusilería mezclado con los gritos y los aullidos de los agresores.