—¡Corriente! ¡Moriremos juntos!
Y blandiendo su espada por encima de su cabeza, gritó:
—¡Dios y libertad! ¡Viva Méjico!
—¡Viva Méjico! repitieron los dragones con entusiasmo.
En este intermedio el sol había desaparecido en el horizonte, y las tinieblas iban cubriendo la tierra cual un sudario sombrío.
El Jaguar, lleno de rabia por ver el mal resultado de su tentativa, se había reunido con sus compañeros.
—¿Qué hay? le preguntó John Davis, que acechaba con ansiedad su regreso; ¿qué ha obtenido V.?
—Nada. Ese hombre está endemoniado.
—Ya le advertí a V. que era un verdadero diablo. Afortunadamente, por más que haga, no se nos puede escapar.
—En eso es en lo que está V. equivocado, respondió el Jaguar pateando de rabia; que muera o viva, el dinero está perdido para nosotros.