—¡Nunca! Ese dinero me es indispensable, lo necesito.
—Entonces venga V. a buscarle.
—Eso voy a hacer.
—Como V. guste.
—¡Que esa sangre, que he querido ahorrar, recaiga sobre la cabeza de V.!
—O sobre la de V.
Y se separaron.
El capitán se volvió hacia sus soldados que, habiéndose acercado bastante a los dos interlocutores, habían seguido atentamente la discusión en todas sus peripecias, y les preguntó
—¿Qué queréis hacer, muchachos?
—¡Morir! contestaron todos con acento breve y enérgico.