Entre tanto la imponente masa seguía avanzando. Los animales que guiaban a la manada no pudieron resistir al empuje de los que les seguían; fueron derribados y pisoteados por los que venían detrás; pero estos, abrumados a su vez por el calor, quisieron también retroceder; en aquel momento supremo algunos bisontes se desbandaron a derecha e izquierda, y esto bastó para que los demás les siguiesen; entonces se establecieron dos corrientes, una por cada lado del fuego, y la manada, cortada en dos, pasó como un torrente que ha roto sus diques, reuniéndose en la playa y vadeando el río en columna cerrada.
Era un espectáculo horrible el que ofrecía aquella manada huyendo aterrada y lanzando gritos de terror, perseguida por las fieras y encerrando en su centro el fuego encendido por el cazador, que parecía un faro lúgubre destinado a iluminar el camino.
Muy luego se echaron los bisontes al río, que atravesaron en línea recta, y su prolongada columna oscura serpenteó en la opuesta orilla, en donde no tardó en desaparecer la cabeza de la manada.
Los cazadores estaban salvados, merced a la presencia de ánimo y sangre fría del canadiense; sin embargo, todavía permanecieron ocultos durante dos horas entre las ramas que les cobijaban.
Los bisontes continuaban pasando por derecha e izquierda. El fuego se había apagado por falta de alimento; pero ya estaba dada la dirección a las reses, y al llegar a la apagada hoguera, que no era ya más que un montón de cenizas, la columna se dividía por sí sola y desfilaba por ambos lados.
Al fin apareció la retaguardia, hostigada por los jaguares que saltaban por sus flancos, y después todo concluyó. El desierto, cuyo silencio había sido turbado por un instante, volvió a caer en su habitual tranquilidad. Solo una ancha senda trazada en medio del bosque y sembrada de árboles destrozados atestiguó el paso furibundo de aquella tropa desordenada.
Los cazadores respiraron; a la sazón podían abandonar sin peligro su fortaleza aérea y bajar de nuevo al suelo.