Tan pronto como nuestros tres personajes hubieron bajado del árbol, reunieron los tizones desparramados de la hoguera casi apagada, con el fin de encender el fuego para condimentar el almuerzo.

Los víveres no les escaseaban, y no se vieron obligados a recurrir a sus provisiones particulares, pues varios bisontes tendidos sin vida en el suelo les ofrecían con profusión el manjar más suculento del desierto.

Mientras que Tranquilo se ocupaba en preparar convenientemente un lomo de bisonte, el negro y el piel roja se examinaban con una curiosidad que se revelaba por mutuas exclamaciones de sorpresa.

El negro se reía como un loco considerando el aspecto singular del guerrero indio, cuyo rostro estaba pintado de cuatro colores diferentes, y que llevaba un traje tan raro en concepto del buen Quoniam, quien, según ya hemos dicho, nunca se había encontrado con indios.

El jefe manifestaba su sorpresa de diferente manera. Después de haber permanecido mucho tiempo inmóvil mirando al negro, se acercó a él, y sin decir una palabra le cogió de un brazo y comenzó a frotarle con toda su fuerza con una punta de su manto de piel de bisonte.

El negro, que al pronto se había prestado gustoso al capricho del indio, no tardó en impacientarse; al pronto procuró desasirse, pero no lo pudo conseguir, pues el jefe le sujetaba con fuerza y procedía de una manera concienzuda a su operación singular. Entre tanto, Quoniam, a quien aquel frote continuo comenzaba no solo a incomodar, sino a hacer sufrir en extremo, principió a lanzar gritos horribles, haciendo los mayores esfuerzos para librarse de su impasible verdugo.

Los gritos de Quoniam llamaron la atención de Tranquilo; levantó la cabeza y acudió presuroso a libertar al negro, que lanzaba miradas extraviadas, saltaba a uno y otro lado, y aullaba como un condenado.

—¿Por qué atormenta mi hermano así a ese hombre? preguntó el canadiense interponiéndose.

—¿Yo? repuso el jefe con sorpresa; no le atormento; su disfraz no es necesario y se lo quito.