—¿Cómo, mi disfraz? exclamó Quoniam.
Tranquilo le impuso silencio con un gesto, y prosiguió diciendo:
—Ese hombre no está disfrazado.
—¿A qué pintarse así todo el cuerpo? repuso obstinadamente el jefe; los guerreros no se pintan más que el rostro.
El cazador no pudo contener una carcajada, y tan luego como recobró su seriedad, dijo:
—Mi hermano se equivoca; ese hombre pertenece a otra raza. El Wacondah le ha hecho la piel negra, así como ha hecho roja la de mi hermano y blanca la mía. Todos los hermanos de ese hombre son de su color; el Gran Espíritu lo ha querido así, a fin de no confundirlos con las naciones de los pieles rojas y de los rostros pálidos; mire mi hermano su manto de piel de bisonte y verá que no se le ha pegado el más mínimo átomo negro.
—¡Oeht! dijo el indio bajando la cabeza como un hombre que se halla colocado ante un problema insoluble; el Wacondah todo lo puede.
Y obedeció maquinalmente al cazador, dirigiendo una mirada distraída a la punta de su manto, que aún no había pensado en soltar.
—Ahora, continuó diciendo Tranquilo, sírvase V., jefe, considerar a este hombre como a un amigo, y hacer por él lo que en caso necesario haría V. por mí; pues se lo agradeceré en extremo.
El jefe se inclinó con gracia, y tendiendo la mano al negro, le dijo: