—Las palabras de mi hermano el cazador resuenan en mi oído con la dulzura del canto del cenzontle. El Wah-rush-ar-menec (el Ciervo-Negro) es un sachem en su nación, su lengua no está partida, y las palabras que sopla su pecho son claras, porque proceden de su corazón; el Cara-Negra tendrá su puesto en el fuego del consejo de los Pawnees, porque desde este momento es amigo de un jefe.

Quoniam saludó al indio y correspondió cordialmente a su apretón de mano, diciéndole:

—No soy más que un pobre negro; pero mi corazón es puro, y mi sangre corre tan roja por mis venas como si yo fuese blanco o indio. Ambos tenéis derecho para pedirme mi vida; os la daré con alegría.

Después de este mutuo cambio de seguridades amistosas, los tres hombres se sentaron en el suelo y se dispusieron para almorzar.

Merced a las emociones sufridas durante la mañana, los aventureros tenían un apetito feroz; devoraron el lomo de bisonte, que desapareció casi por completo bajo sus reiterados ataques, y que regaron con algunos cuernos de agua mezclada con ron, del cual llevaba Tranquilo una pequeña provisión en una calabaza colgada de su cintura.

Cuando el almuerzo hubo terminado, encendiéronse las pipas, y cada cual se puso a fumar silenciosamente y con esa gravedad propia de las gentes que viven en los bosques.

Cuando la pipa del jefe se hubo apagado, sacudió sus cenizas golpeándola sobre la uña del dedo pulgar de la mano izquierda, se la colocó en el cinto, y volviéndose hacia Tranquilo, le dijo:

—¿Quieren mis hermanos celebrar consejo?

—Sí, respondió el canadiense. Cuando me separé de V. en el Alto Misuri, a fines de la luna de Mikini-Quisis (mes de las frutas quemadas, julio), me citó V. para la caleta de los sauces secos del Río del Alce, para el diez de setiembre, día de la luna de Inaqui-Quisis (mes de las hojas que caen, setiembre), dos horas antes de la salida del sol. Ambos hemos sido exactos. Ahora aguardo a que se sirva V. explicarme, jefe, por qué me ha dado esta cita.

—Tiene razón mi hermano: el Ciervo-Negro hablará.